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Dios Envió Predicadores

[Veinte] siglos han pasado ya desde que Dios envió a unos pocos judíos desde un rincón remoto de la tierra para llevar a cabo una obra que, según el juicio humano, debía parecer imposible. Los envió en un tiempo en que el mundo entero estaba lleno de superstición, crueldad, lujuria y pecado. Los envió a proclamar que las religiones establecidas de la tierra eran falsas e inútiles, y que debían ser abandonadas. Los envió a persuadir a los hombres a dejar atrás viejos hábitos y costumbres, y a vivir vidas diferentes. Los envió a luchar contra la idolatría más abyecta, contra la inmoralidad más vil y repugnante, contra intereses creados, contra asociaciones antiguas, contra un sacerdocio fanático, contra filósofos burlones, contra una población ignorante, contra emperadores sedientos de sangre, contra toda la influencia de Roma. ¡Jamás hubo una empresa que, en apariencia, pareciera más quijotesca y menos probable de triunfar!

¿Y cómo los armó para esa batalla? No les dio armas carnales. No les dio poder mundano para imponer obediencia, ni riquezas terrenales para sobornar la fe. Simplemente puso al Espíritu Santo en sus corazones y las Escrituras en sus manos. Simplemente les ordenó exponer y explicar, aplicar y proclamar las doctrinas de la Biblia.

El predicador del cristianismo en el primer siglo no era un hombre con una espada y un ejército para infundir miedo, como Mahoma, ni un hombre con licencia para la sensualidad, para atraer a las personas, como los sacerdotes de los vergonzosos ídolos de la India. ¡No! No era más que un hombre santo con un libro santo.

¿Y cómo prosperaron estos hombres de un solo libro? En pocas generaciones cambiaron completamente el rostro de la sociedad por medio de las doctrinas de la Biblia. Vaciarón los templos de los dioses paganos. Dejaron a la idolatría hambrienta o varada, como un barco encallado. Introdujeron en el mundo un nivel más alto de moralidad entre los hombres. Elevaron el carácter y la posición de la mujer. Cambiaron el estándar de pureza y decencia. Pusieron fin a muchas costumbres crueles y sangrientas, como los combates de gladiadores.

No hubo forma de detener el cambio. La persecución y la oposición fueron inútiles. Una victoria tras otra fue ganada. Un mal tras otro fue desapareciendo.

Quisieran los hombres o no, fueron afectados insensiblemente por el movimiento de la nueva religión, y arrastrados dentro del torbellino de su poder. La tierra tembló, y sus refugios podridos cayeron al suelo. El diluvio creció, y se vieron obligados a elevarse con él. El árbol del cristianismo se hinchó y creció, y las cadenas que habían echado alrededor para detener su crecimiento se rompieron como estopa.

¡Y todo esto fue hecho por medio de las doctrinas de la Biblia! ¡Hablan de victorias, en verdad! ¿Pero qué son las victorias de Alejandro, César, Marlborough, Napoleón y Wellington comparadas con las que acabo de mencionar? En cuanto a extensión, plenitud, resultados y permanencia, no hay victorias como las victorias de la Biblia.

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