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Las Consecuencias del Ateísmo

El ateísmo, como toda cosmovisión, tiene consecuencias. Las cosmovisiones tienen destinos. Son caminos que nos conducen a algún punto de llegada, sea éste bueno o malo. Por lo tanto, la pregunta más importante que podríamos hacernos es: “¿A dónde me está llevando mi cosmovisión?” ¿Qué presupone tu cosmovisión? ¿A qué le da lugar? Si fueras completamente honesto, ¿podrían las personas malvadas adaptar tu cosmovisión para justificar sus malas acciones? Si eres un ateo que desea ser coherente en su razonamiento, tendrías que responder: “Sí”.

“Espera un momento” —podrías decir— “¿acaso no ha habido individuos en la historia que han cometido malas acciones en nombre del cristianismo, como las cruzadas y las inquisiciones?”

Por supuesto. Tristemente, mucho se ha hecho en Su nombre que no tiene nada que ver con Él ni con Su verdadero pueblo. Sin embargo, las consecuencias de tu cosmovisión atea te privan incluso de la capacidad de juzgar tales asuntos. Si en verdad no hay Dios, ningún Juez Supremo que nos gobierne, ¿quién eres tú (o cualquiera) para decir que está mal masacrar a miles de personas en nombre del cristianismo? De hecho, ¿quién eres tú para decir que cualquier cosa que alguien haga está bien o mal? Si no hay Juez que haya establecido un Día de Juicio para castigar el mal y recompensar el bien, ¿qué valor tienen los supuestos “bien” o “mal”? ¿Qué buena razón tendríamos para procurar el bien y evitar el mal si, en efecto, somos nosotros mismos —y no un Ser Supremo— quienes definen lo correcto y lo incorrecto?

Mira, las consecuencias del ateísmo en realidad destruyen el mismo concepto de consecuencias. Si las personas son llevadas a creer realmente que no hay Dios que defina la moralidad, que ellas mismas la definen, y que no existe Juez que las castigará o recompensará por el bien o el mal que hacen, llegarán a suponer fundamentalmente (aunque no siempre conscientemente) que no hay consecuencias para sus acciones. Una sociedad impregnada de tal creencia es una sociedad peligrosa —y ésta es, cada vez más, nuestra sociedad.

“No creo que haya un Dios. Vivo como me place, sin el control de otro. Yo defino lo que es correcto e incorrecto para mí. La verdad es relativa, dependiendo de las personas y las circunstancias. No hay vida después de ésta; cuando morimos, todo se acaba.”

Éste es el credo que ha adoctrinado a esta generación. Es precisamente lo que nos ha llevado a creer que no hay consecuencias para nuestras acciones —aunque las consecuencias sean devastadoras. Este credo es el que reside en el corazón de todos los mentirosos, opresores, asesinos e inmorales.

“Se animan en su inicuo designio; tratan de esconder los lazos; dicen: ¿Quién los verá?” (Salmos 64:5).

En otras palabras: “¿Dónde están las consecuencias? ¿Dónde está el Juez Supremo de mis acciones?” Tal vez seas un ateo que se considera una buena y moral persona; que no ha hecho mal a nadie —pero ¿realmente eres la excepción? Y aun si lo fueras, ¿permitiría la cosmovisión, el camino, el destino del ateísmo que continúes siéndolo?

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